lunes, 9 de enero de 2006

Francia está que arde

Autos ardiendo. Ese seguramente será el símbolo de protesta de los excluidos y discriminados habitantes suburbanos de las ciudades europeas. Lo que se inició en Francia —y que probablemente contagie al resto de la Europa occidental— es una potente muestra de la inoperancia de la política inmigratoria que promueve el multiculturalismo dogmáticamente.

Al ser una manifestación espontánea, no tiene líderes ni genera movimientos visibles, lo que implica que el Estado no puede capturar ni reprimir a la incitadores, sencillamente por que no los hay. De todos modos, la mayoría de los participantes son franceses de primera y segunda generación . Pero ser francés no es solamente tener esa nacionalidad escrita en un papel. Va más allá, tiene que ver con valores comunes.

“Donde fueres, haz lo que vieres”. Ese viejo refrán es lo que no aplica Europa con sus inmigrantes: El árabe vive como si estuviera en su país natal, el subsahariano reproduce el orden social del que proviene. No se trata de negar su cultura casi de forma fascista, se trata de promover la asimilación con la cultura del país que los acoge. Al parecer eso es lo que no ocurre.

Por lo mismo no se explica que muchos chilenos radicados en Suecia permanezcan por años en aquel país sólo hablando español y relacionándose con chilenos y, a lo más, latinos. Un proyecto de ley austríaco estipulaba que la residencia solo le otorgará a quién probara el dominio del alemán y creo que Holanda va por el mismo camino. Me parece justo.

Fue enorme el volumen de masas oprimidas que ha finales del XIX y principios del XX arribaron a los puertos de América. A diferencia de la política europea actual, en esa época a los inmigrantes se les promovía un sentimiento nacional, el del país que les abría sus puertas para mejorar su vida. La cultura de la que eran hijos generalmente era notoria sólo en la intimidad de la vida familiar. En EE.UU., Argentina y Brasil los asimilados conocen y se enorgullecen de su origen étnico, pero antes que nada se respeta el hecho de ser la sustancia que dió vida a sus nuevos países.

La quema de autos no es una manifestación de resentimiento contra el otro, contra el francés "puro". Los automóviles que arden no son los último modelo de los habitantes del glamoroso centro parisino, son sedanes familiares comprados en muchas cuotas por africanos y musulmanes. Los vehículos ardiendo son, básicamente, la manifestación del hastió de una generación que fue víctima de un experimiento social que privilegiaba lo políticamente correcto sobre lo útil y sustentable en el tiempo.

El sentimiento de desarraigo no se acabará con un par de empleos más. Si tuviera un auto, lo apostaría.

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