lunes, 9 de enero de 2006

Periodismo de hotel

Robert Fisk, del diario inglés "Independent" escribe éste artículo sobre la cobertura periodística de la guerra de Irak.

"Periodismo de hotel" es la única forma de llamarlo. Cada vez más los reporteros en Bagdad cubren la información desde sus hoteles, y no en las calles de las ciudades y pueblos de Irak. Algunos van a todas partes acompañados de mercenarios occidentales armados hasta los dientes. Unos cuantos viven en oficinas locales, de las cuales sus jefes les tienen prohibido salir. La mayoría usan "enlaces" iraquíes -corresponsales de medio tiempo que arriesgan la vida realizando entrevistas para periodistas estadounidenses o británicos-, y ninguno puede aventurarse a viajar fuera de la capital sin días de preparativos, excepto si va "incrustado" en las fuerzas de ocupación.

Rara vez, si acaso alguna, habían los reporteros cubierto una guerra en forma tan distante y restringida. Los corresponsales del New York Times viven en Bagdad detrás de una barrera provista de cuatro torres de observación, protegidos por guardias de seguridad reclutados entre la población local, que portan rifles y llevan playeras con las siglas "NYT". Los de la cadena NBC tienen su madriguera en un hotel provisto de rejas de hierro, y sus consejeros de seguridad les prohíben salir a la alberca o al restaurante, "ya no digamos al resto de Bagdad", no sea que vayan a atacarlos. Varios periodistas occidentales sencillamente no salen de sus habitaciones mientras están asignados a Bagdad.

Tan graves son las amenazas a los representantes de la prensa occidental, que algunas estaciones de televisión hablan de retirar de plano a sus reporteros y técnicos. En medio de una insurgencia en la que los occidentales -y muchos árabes, así como otros extranjeros- son secuestrados y asesinados, cubrir esta guerra se está volviendo algo cercano a lo imposible. El asesinato videofilmado de un corresponsal italiano, el homicidio a sangre fría de uno de los principales reporteros polacos junto con su camarógrafo búlgaro, y el no menos sanguinario asalto a un informador japonés en la notoria carretera 8, al sur de Bagdad, el año pasado, han convencido a muchos periodistas de que una gran dosis de discreción es la mejor parte del valor.

The Independent, junto con varios otros periódicos británicos o estadounidenses, aún cubre en persona las noticias en Bagdad, moviéndose con vacilación -para no hablar de trepidación- por las calles de una ciudad que poco a poco es tomada por los insurgentes.

Drásticos cambios en unos meses

Hace apenas seis meses era posible todavía partir de la capital por la mañana, trasladarse en auto a Mosul, Najaf o alguna otra ciudad grande para cubrir una nota, y volver al anochecer. Ya en agosto me llevaba dos semanas negociar una dudosa seguridad para un viajecito de 150 kilómetros fuera de Bagdad. Encontraba desiertos los retenes militares en las carreteras, los caminos tapizados de camiones estadounidenses destrozados y vehículos policiacos incendiados. Hoy es casi imposible. Los choferes e intérpretes que trabajan para los diarios y la televisión están amenazados de muerte. Varios han pedido ser relevados de sus funciones el 30 de enero, para que no los reconozcan en las calles durante las elecciones.

En la brutal guerra del decenio de 1990 en Argelia, por lo menos 42 reporteros locales fueron asesinados y a un camarógrafo francés lo mataron a tiros en la casbah de Argel. Pero las fuerzas de seguridad argelinas aún podían brindar un mínimo de protección a la prensa: en Irak ni siquiera pueden protegerse a sí mismas. La policía y la Guardia Nacional Iraquí -esa que los estadounidenses proclamaron con bombo y platillo su sucesora después de la retirada de las fuerzas de ocupación- están fuertemente infiltradas por insurgentes. Puede que haya policías en los retenes, pero ya no está claro para quién trabaja. Los periodistas occidentales, a menos que estén "incrustados", esquivan a los soldados estadounidenses que operan en Bagdad y sus alrededores de la misma forma en que lo hacen los iraquíes, por miedo a la indisciplina que los impulsa a abrir fuego sobre civiles a la menor sospecha.

En esta situación afloran las preguntas. ¿Cuánto vale la vida de un reportero? ¿La nota vale el riesgo? Y algo mucho más serio desde el punto de vista ético: ¿por qué no más periodistas informan sobre las restricciones con las cuales realizan su trabajo?

Durante la invasión angloestadounidense de 2003, los editores, antes de presentar envíos de reporteros desde el Irak de Saddam Hussein, insistían en hacer una advertencia sobre las restricciones con las cuales operaban. Pero hoy, cuando nuestros movimientos están mucho más circunscritos, ninguna tal "saludable advertencia" acompaña esos reportes. En muchos casos los televidentes y lectores se quedan con la impresión de que el o la periodista tiene libertad de viajar por Irak para verificar las notas que con tanta confianza envían. No es así.

"A los militares estadounidenses esta situación les cae de perlas", dice un veterano corresponsal estadounidense en Bagdad. "Saben que si bombardean una casa llena de personas inocentes, pueden afirmar que es una base ’terrorista’ y quedarse tan campantes. No quieren que andemos husmeando por Irak, y de esa forma la amenaza ’terrorista’ es la gran noticia para ellos. Pueden declarar que han matado a 600 o mil insurgentes y no tenemos forma de comprobarlo porque no podemos ir al cementerio ni visitar los hospitales, pues no queremos que nos secuestren o nos rebanen el pescuezo."

Así pues, muchos reporteros se ven ahora reducidos a telefonear desde sus habitaciones al ejército de ocupación o al gobierno "interino" iraquí para pedir informes, y quienes les pasan los "hechos" son hombres y mujeres que están todavía más aislados en Irak que ellos, en la zona verde de Bagdad, en los alrededores del antiguo palacio republicano de Saddam Hussein. O bien reciben sus datos de los corresponsales "incrustados" en las tropas estadounidenses, los cuales, por necesidad, sólo consiguen el lado estadounidense de la historia.

Sí, todavía es posible informar desde las calles en Bagdad. Pero cada vez menos de nosotros lo hacemos, y puede llegar un momento en que tengamos que sopesar el valor de nuestras notas contra el riesgo de nuestra vida. No hemos llegado aún a ese punto. Hasta ahora, todavía vemos un poco más de Irak que la gente que afirma estar gobernando este país.

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